Una experiencia religiosa

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Foto de Karlos Wayne

Podría ser el calor, seco, pesado, adheriéndose a mi instinto de supervivencia, derritiéndolo grado a grado. Otro que parecía haber dejado su firma, después de casi nueve días, era el cansancio. Como en un golpe de Estado, acribillaba mi consciencia con “quieto todo el mundo” y todo mi mundo se quedaba quieto, negándose a seguir, negando la posibilidad de irrealidad. Igual era el hambre que estaba haciendo estragos en mi cerebro, pidiendo, suplicando a gritos ser creído, ser aceptado como poseedor de la verdad; o simplemente la sed hackeaba mi visión, tomando los mandos… Posiblemente, o sin ninguna duda me atrevería a decir, eran los cuatro a la vez, esgrimiendo una alianza mortal. Un castigo por mi osadía, por mi imprudencia, mi afán de gloria, de protagonismo. Nueve días. Quemado por el sol. Exhausto. Hambriento y luchando con todas mis fuerzas por no beber el único líquido que mi maltrecho cuerpo podría ofrecer. Una semana, me dije, una semana para atravesar ese desierto. Una semana de comida. Una semana de agua. Pero han sido nueve días. Y ahora, en este noveno capítulo, una naranja me recibe en el camino.

En el suelo.

Mirándome.

Preguntándome si la creo, mientras mis sentidos la llaman mentirosa, espejista manipuladora de sentidos.

Me agacho.

La sigo viendo. Veo que no está.

Y la cojo. Cojo la naranja que no está y la pelo.

Pelo la naranja que no está y arrancándole un gajo lo meto en mi boca y espero. Mantengo la boca abierta un instante. El gajo dentro que no está espera ser mordido.

El gajo dentro que no está espera que su zumo sea exprimido.

Y cierro la boca. Y el gajo de naranja que no está explota.

Y el zumo del gajo de naranja que no está inunda mi boca.

Y lloro.

Caigo de rodillas y lloro.

La arena me hace toser.

Lloro y cojo otro gajo. Lloro y alguien viene. Me quiere levantar.

Pero yo cojo otro gajo.

Y doy gracias.

 

 

 

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