Una de superhéroes

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Cristina, pese a su restringida madurez, enseguida entendió cuáles serían las consecuencias si no actuaba en consecuencia. Sin duda no era una broma, pero por un momento se preguntó si no sería un farol. Su madre, con el ego amoratado y aún sangrando en su labio inferior, abrazaba al pequeño Alex.
C3PO, pese a conocer mas de seis millones de formas de comunicación, aguantaba en silencio la mano infantil que le estrujaba su cuerpo de plástico.
La primera vez no supo cómo decir que no. Ni siquiera entendió lo que había pasado hasta casi una semana después, cuando su madre lo descubrió y se volvió loca. Loca de dolor materno… De rabia materna… De vergüenza materna. La segunda vez la niña no lo vio venir, pero luchó, con uñas y dientes. Luchó y, por unos segundos, se sintió fuerte, poderosa. Pero solo fueron unos segundos. Aquellos segundos en los que su madre consiguió aguantar los gritos. Aquella práctica funcionó durante un tiempo. Él tenía “necesidades”, y era su obligación como esposa proveer dichas necesidades. Pero se hacía mayor. Su cuerpo no era ya tan firme como hace doce años, cuando se quedó embarazada de su Cristina. A sus veintinueve años, dos hijos y tres abortos sin duda habían hecho mella. Y si ella misma lo notaba, ¿cómo no lo iba a notar su marido?
El pequeño Alex también se daba cuenta. Darth Vader los tenía encerrados en aquel planeta. Su hermana Leia era fuerte, pero no tanto. Y él, pese a ser un Jedi solo tenía un robot que hablaba muchos idiomas…. Aún no controlaba bien la fuerza.
El montón de ropa yacía en medio del pasillo. tres armarios vacíos. Y Vader dispuesto a prender fuego al montón si no se cumplían sus exigencias. El mechero zippo en una mano, la lata de gasolina del mechero en la otra y la peste a alcohol saliendo de su boca mientras demandaba mas atención.
Cristina, con sus grandes dotes de ignorancia infantil, le dijo “No te atreves”. La madre, con sus grandes dotes de rota madurez, le dijo “Vamos a hablarlo…”
El padre, viendo que esta gente necesitaba aprender una lección, encendió el mechero. La mano derecha, con la que sujetaba la lata de gasolina, comenzó a ladearse. Cristina dio un par de pasos atrás. La madre, tan absorta como estaba en su propio dolor, en su propio miedo, en su enfermizo e incomprensible amor por ese villano, no se percató de que Alex salió de su regazo. Sin saber quién fue Goliath, Alex se convirtió en David y lanzó seis millones de formas de comunicación directamente a la desviada mirada de Darth Vader, rasgándole la retina del ojo a la vez que sus manos dejaban caer las herramientas necesarias para crear aquel fuego reparador que devolvió la libertad a ese pequeño planeta en una galaxia demasiado cercana.

 

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