Sospecha

Cuando la policía llamó a la oficina preguntando por ella, Adela no se sorprendió. No es que las fuerzas de seguridad del Estado tuvieran su nombre y su número de teléfono en la lista de sospechosos habituales, no era este el caso. El noventa y nueve por ciento de las veces, la comisaría habría recibido una llamada anónima alertando de que algo “extraño” pasaba en su casa. Y en la mayoría de las ocasiones, ni la llamada era anónima, ni lo que ocurría en su casa era extraño. Al menos para Adela.

Foto de karlos Wayne

Su vecino de enfrente vivía acompañado de nueve gatos, desde que su octogenaria madre muriera de pena al entender, tarde, que ya nada podía hacer por él, por convertirle en una persona “normal”. Rogelio, a parte de los gatos y cincuenta y tantos años, tenía miedo. Así, en general. Era su forma de ser, su naturaleza. Le daba miedo todo aquello que no estuviera bajo su control, todo lo que se saliera de su rutina diaria. Por eso no salía de su casa. Fuera de ella el mundo era impredecible; dentro de ella, su mundo era ordenado, seguro y tenía sentido.

La primera llamada de Rogelio a la policía la hizo desde la cocina. Agachado, debajo de la mesa, tratando de entender por qué, cómo, cuándo o de dónde había salido aquel monstruo que, con la nevera abierta, se comía sus yogures de vainilla con trocitos de fruta, y para colmo, dejaba los envases vacíos en el suelo. La policía no tardó en llegar. Los agentes, tras cruzar el jardín lleno de gnomos decolorados y una talla de madera indicándoles que “Mi casa es tu casa”, llegaron hasta a la cocina con cautela. Se encontraron al pobre Rogelio temblando, con su zona de confort violada, invadida por ese engendro sin escrúpulos. Al darse cuenta de lo que tenían entre manos, los policías se acercaron al niño, extrañados. Le preguntaron de todas las maneras posibles quién era, de dónde venía, cómo había llegado hasta allí y, sobre todo, dónde estaba su mamá. El niño, completamente ajeno a lo que ocurría alrededor, seguíó comiendo yogures. El policía agachado junto al pequeño, se preguntó qué era más extraño, el niño intruso que parecía ausente o el frigorífico, lleno hasta arriba, exclusivamente, de yogures de vainilla con trocitos de fruta y latas de comida para gatos.

—¡Es el hijo de la vecina de enfrente! —Gritó Rogelio cuando el miedo disminuyó y le dejó pensar— ¡Sáquenlo de aquí! ¡Váyanse de mi casa! ¡Esta es mi casa!

Esa primera llamada de Rogelio a la policía ocurrió casi diecisiete años atrás. Y desde entonces se sucedieron intermitentemente. Llamadas anónimas. Llamadas por ruidos, por gritos… Llamadas por miedo. Todo lo que pasaba en aquella casa le causaba miedo.

Por eso Adela no se sorprendió al recibir la llamada de la policía. Sospechaba quien, “anónimamente,” habría llamado de nuevo.

— ¿Pero está usted seguro de eso? —Preguntó, intuyendo por primera vez que Rogelio, quizás, no tenía nada que ver con ello…—Mi madre es la que está al cuidado de mi hijo cuando yo estoy trabajando…

— No, no estamos seguros —le dijo el policía al otro lado de la línea—Pero el joven que pasó por su calle y nos llamó dice que si. Que un chico, que concuerda con la descripción de su hijo, salió de su casa arrastrando el cuerpo de una señora mayor, lo introdujo en el maletero de su coche y se fue. La matrícula del coche coincide con el suyo, y ya lo estamos buscando.

— ¿Está seguro que no ha sido una llamada anónima de…? —Adela no pudo finalizar la pregunta. Ya sabía que no lo era. Y la sospecha de saber dónde estaban su hijo y su madre le hizo perder la seguridad de sus rodillas.

—¿Señora? —Preguntó el agente de policía— ¿Señora? ¿Alguna idea de dónde puede estar su hijo?

El coche patrulla no tardó ni tres minutos en recoger a Adela. La pareja de agentes seguía sin entender por qué Adela les contaba que un par de semanas atrás su hijo rompió el quinto ordenador en lo iba de año. No lo hacía adrede, la mala conexión del wi-fi le hacía perder los nervios y cuando quería darse cuenta, el ordenador estaba ya hecho añicos. Y decidió “enseñarle” que le pasaba a un ordenador cuando se rompía. Así es que bajaron al sótano, cargaron los cinco ordenadores rotos y los llevaron a la planta de reciclaje. Allí los propios trabajadores de la planta, sintiéndose útiles a la sociedad, explicaron al joven deficiente qué tipo de materiales debían echarse en cada contenedor, que se hacía con los ordenadores una vez reciclados. Ese día todos aprendieron algo.

La policía científica examinaba el maletero del coche de Adela. Su hijo, aún en el asiento del conductor, golpeaba el cristal queriendo salir y los trabajadores de la planta de reciclaje observaban todo como si de una película se tratara. Las sospechas de Adela no fueron infundadas.

Adela corrió a su coche y la policía dejó salir al joven, visiblemente alterado.

—¡Mamá! —Se agarró a ella violentamente— ¡No quieren decirme dónde está el contenedor para las abuelas rotas!

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