Puto virus

 

Debajo de su desgastada gorra gris de Levi’s, uno de sus primeros trofeos, sus ojos se clavaron en ella al verla salir del portal. Comprobó su agenda. Mismo día, misma hora. Como un reloj. Le fastidió un poco, ya no le motivaba tanto como antes, como antes del virus, que un trabajo fuera fácil. Echaba de menos la adrenalina, la extenuante preocupación de no parecer sospechoso, la alerta constante. La mujer, con su mascarilla negra de marca de lujo y sus guantes de látex rosas dobló la esquina con la bolsa de plástico reciclable de un conocido supermercado en la mano y él, recostándose sobre el asiento del coche, decidió no seguirla. ¿Para qué? En dos minutos llegaría a la avenida, cruzaría la calle y se metería en el súper. Pan, fruta y verdura y dos botellas de Rioja. Luego cruzaría la calle de vuelta, volvería por la avenida, doblaría la esquina de nuevo y a su casa. Eso es lo que había conseguido la pandemia, que todo el mundo fuera predecible. Le había quitado toda emoción a su trabajo. Y después de treinta siete años, de un cuarto de la población mundial desaparecida, aún no había vacuna. Ya nadie esperaba el milagro. Aquel virus era considerado el peor de toda la historia de la humanidad y él, por razones muy distintas a las de los demás, lo despreciaba. No solo se había ocupado de disminuir el número de posibles candidatos, ya que el virus seguía sin hacer distinciones de sexo, edad o religión. Igual mataba niños, que abuelos, futbolistas que maestros, políticos que filósofos. Y eso, a él, le hacía perderle el respeto. ¿Dónde estaba el código moral? Él no tenía nada en contra de la muerte, ni de matar, todo lo contrario, pero no podía soportar la mediocridad del sistema de elección de víctimas que tenía el virus. Si al menos se contagiara por vía sexual, tendría más emoción, pero no, se contagia por el aire. Decepcionante. Y para más inri, ni siquiera quiso jugar con él. Inmune.

Captura de pantalla 2018-04-15 a las 11.34.15

Antes del virus era muy complicado matar a quien uno elegía. Había muchos factores a tener en cuenta y más de una vez, la suerte tuvo una presencia determinante. Ahora, pese a seguir teniendo su grado de dificultad y complejidad, todo era menos… ¿cómo decirlo? No necesitaba disimular. Ya no requería dos años de seguimiento continuo para aprenderse lo movimientos de una persona. Las mascarillas, los guantes de látex, cinta americana, botas impermeables, máscaras de metacrilato (para salpicaduras de sangre) e incluso batas de enfermería, todo el kit completo que, para no levantar sospechas, antes de la pandemia debía adquirir en diferentes tiendas de ciudades distintas además de esquivar furtivamente las cámaras de seguridad colocando su cuerpo y su cabeza en un ángulo determinado para no ser grabado. Qué tiempos aquellos… ¡Todo era más excitante! Ahora no tiene más que colocarse unos guantes de látex, una mascarilla y guiñarle un ojo a la cámara de la ferretería de su barrio mientras coloca sobre el mostrador de la tienda los utensilios para poder realizar con limpieza y profesionalidad su gran pasión.

 

­—¡Ni que fuera usted a matar a alguien, amigo! —bromeó el dependiente— Menos mal que le conozco y sé que viene cada dos meses por nuevo material. ¿Sabe? Hace usted muy bien, hay gente que aguanta con el mismo par de guantes durante semanas y acaba contagiada…

 

—De matar ya se encarga el maldito virus, ¿para qué iba a molestarme yo? —sonrió él debajo de la mascarilla.

 

—¡Y que lo diga! —el dependiente comenzó a colocar la compra en una bolsa—Pero de verdad que hace usted muy bien, con lo que lleva aquí no va a coger ni un resfriado.

 

Y a la semana siguiente, el hombre de la gorra gris desgastada se sorprendía, gratamente, de la excelente calidad de su nueva mascarilla negra de la marca Louis Vuitton.