Piratas de medio pelo

Foto de Karlos Wayne

Cayó la noche. Mientras el resto de nuestros compañeros se disponía a disfrutar de la última noche de permiso, a mi buen amigo Adolfo, el cabo Sardiñas y a mi, los tres arrestados en el barco tras ser detenidos en Pisa dos semanas atrás por los Carabinieri, (nos pillaros infraganti lanzando albóndigas con tomate a la torre inclinada), no nos quedó otra que resignarnos a observar la bella isla griega de Creta desde la cubierta del buque.
Llevábamos más de dos meses de maniobras con la O.T.A.N. por el Mediterráneo; Córcega, Estambul, Florencia y la última parada Grecia. Y mar. Sobre todo mar. Mucho mar. A la mañana siguiente partiríamos de nuevo. Otras dos semanas de maniobras con uno de esos USS Yankilandia, para finalmente arribar a nuestra base. ¿De verdad íbamos a pasar la última noche a bordo? El cabo Sardiñas tenía muy claro que no y pese a nuestra resistencia inicial, no pudimos por menos que reconocer que el cabo tenía un buen plan. Y a unas malas, si nos pillaban ¿qué nos iban a hacer? ¿Arrestarnos? Arresto sobre arresto… Ains, había una frase hecha muy graciosa con los arrestos… Vaya, no me acuerdo. ¡Hace toda una vida de esto! La isla usaba sus mejores armas para invitarnos; las barbacoas de la playa, los faroles de las calles y la música. La música llegaba a nosotros desde todos los rincones. Toda la isla era una fiesta a la que no estábamos invitados. Maldecí entonces la estúpida idea de acribillar la torre de Pisa con las albóndigas de aquel “italiano food truck”, pero de verdad que estaban más malas que pegarle a un padre y, por favor, seamos coherentes, la torre no se iba a inclinar más por muchas bolitas de carne picada que le cayeran encima… En fin, a lo hecho, pecho. Afortunadamente los Carabinieri nos trataron bien gracias, sobre todo a Adolfo, que de otras cosas no sabrá mucho, pero de fútbol… No obstante, esa noche era Creta. Sardiñas ya estuvo en la isla en maniobras anteriores y sabía dónde encontrar chicas, alcohol y Rock & Roll… Yo sabía que, más tarde o más temprano, acabaría convenciéndonos, así es que para qué perder más tiempo. Para qué alargar más la agonía…
La noche era tan joven como nosotros.
Una vez que las bolsas de neopreno (con la ropa de calle en su interior) estuvieron atadas a nuestros tobillos, pagamos el correspondiente peaje al cabo de guardia para que mirara hacia proa, mientras nosotros saltábamos al agua cálida y cristalina de Creta por la popa del barco. El cabo de guardia nos dejaría una soga por la que trepar cuando volviéramos antes del toque de diana, a las seis de la mañana del día siguiente.
Y a las seis de la mañana volvimos. Y ni había soga por la que trepar, ni había barco al que subir.
Todo lo que ocurrió después da para otra historia que no tiene cabida en esta ya que no ocurrió de noche, solo adelantaros que mi amigo Adolfo continúa hoy en día felizmente casado con la chica cretense que nos ayudó a volver a casa. El cabo Sardiñas abandonó la Armada y yo… Bueno, yo seguí cumpliendo arrestos cinco años más y coleccionando memorias por si algún día decidía dejar el ejército y hacerme escritor.

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