Mi primer recuerdo

Foto de Karlos Wayne

Recuerdo bien el frío. Seco, punzante. Apenas nos tomaba veinte minutos andando, pero a cada paso nos auto abrazábamos con tal fuerza que acabábamos con agujetas en los brazos. Al llegar nos obligaban a colgar los abrigos y esperar pacientemente a que la estufa, recién encendida, acallara el castañetear colectivo de nuestros dientes de leche. Corríamos a sentarnos y frotábamos nuestras manos en los ásperos y desgastados pupitres para, con la fricción (primera lección de física aprendida), poder entrar en calor. La maestra, cigarrillo en la boca, escribía la fecha en la pizarra. Con envidia observábamos como la brasa del cigarro se encendía con cada calada y anhelábamos ser mayores para poder tener nuestra propia fuente de calor en un paquete ¡que te entraba en el bolsillo!

Tras las instrucciones pertinentes, levantamos la parte superior de nuestras mesas y sacamos los cuadernillos y lapiceros. En un último intento desesperado de atrapar unas cuantas ráfagas de calor, tornábamos coloradas las palmas de nuestras manos segundos antes de que la maestra comenzara a dictarnos y de que tuviéramos que aferrarnos a aquel lápiz tosco de madera fría.

Fuera los primeros copos del invierno nos liberaron del dictado, pero no del dictador. Varios niños se acercaron a las ventanas, emocionados y yo, sabiendo que no contaría de nuevo con una oportunidad como esa, me abracé a la estufa. Sentí mi corta vida deshacerse de placer. La maestra, enfurecida, tardó un poco en encontrar un hueco dentro del cenicero donde apagar su cigarro y con la fuerza de un lanzador de jabalina impregnó su furia en el borrador de la pizarra que ya volaba en dirección inequívoca al cabezón de Rogelio, al que afortunadamente toda la marca que le dejó fue un rectángulo de tiza, perfectamente delimitado, en la coronilla. Como era costumbre, aquel que recibía el “borrón” debía recogerlo, devolverlo a la bandeja de la pizarra y pedir sinceras disculpas a la maestra. Fueron casi quince segundos que pude aprovechar enganchado a la vieja estufa de carbón.

Llegó la hora del recreo y el patio, pese a no haber transcurrido ni dos horas, era ya una inmensa nube blanca que se había posado allí para nuestro deleite. La maestra dio tres sonoras palmadas y a nosotros nos faltó tiempo para salir y liarnos a coponazos. Entre risas y excitación una de mis bolas de la muerte fue a estrellarse a la ventana de la clase. Allí me encontré con la melancólica mirada de la profesora que fumaba su cigarrillo mientras nos observaba. “Que suerte ser adulto y tener cigarrillos para calentarse” volví a pensar. La maestra se dio la vuelta y escasos segundos después apareció por la puerta ante nosotros. Yo no la vi, pero oí que gritó mi nombre y cerré los ojos y esperé. Esperé estoicamente la estampita de tiza en mi cabeza. Al oír mi nombre por segunda vez abrí los ojos y vi su brazo estirado, hacia mí, mostrándome mi abrigo.

 

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