La puerta de arriba

Foto de Karlos Wayne

– Aquella noche recuerdo que hacía rasca. Y lo recuerdo por que, para no hacer ruido, anduve descalzo (ya sabes lo frío que está este suelo de terracota en invierno) y en la casona cualquier ruido… Entré sigilosamente en la habitación de mamá y al ver la botella vacía de Larios sobre la mesita, supe que no se despertaría por nada. Aún así estaba aterrado. ¿Te lo imaginas? Cogí la llave del cajón mientras miraba nerviosamente sus ojos cerrados. Llegué a mi habitación y le hice una foto a la llave con la vieja Kónica. Pasó casi una semana hasta que pude recoger la foto revelada, junto con las que sacamos en el pantano cuando lo del coche aquel que cayó al agua… No, tú eras muy pequeña para acordarte. ¿Pero te acuerdas que las fotos antes se revelaban? Papá aún estaba con nosotros. Fueron las últimas vacaciones antes de que se fuera… con… bueno, tú ya sabes con quién. El caso es que una vez que tuve la foto de la llave, en papel, la recorté y usándola como plantilla sobre una de las latas de tu papilla, recorté una copia de hojalata de aquella llave. Jajajaja te vas a reír. Yo solo quería recuperar los tebeos de Mortadelo y Filemón de papá y como mamá guardó todo lo de él bajo llave… Esa misma noche me acerqué a la puerta y creí oír un ruido dentro. Metí despacio mi llave de hojalata y antes de girarla ¡otro ruido! Pensé que mamá estaría dentro, así es que me fui a la cocina. Y mamá estaba en la cocina contigo. Al día siguiente volvimos a Madrid y no pude recuperar los tebeos.
– ¿Y por qué me cuentas esto ahora?
Miré a mi hermana con ternura. Aún tenía los ojos llorosos. Había sido un día tenso…
– Han pasado treinta años -le dije emocionado- ¿Te imaginas los tesoros que puede haber allí dentro?
– Acabamos de enterrar a mamá… Estoy cansada. ¿No puedes hacerlo sin mi? Está anocheciendo ya, es tarde. Quiero irme a mi casa…
Mi hermana me miró esperando una respuesta hasta que, la sonrisa primero y la carcajada después, evidenciaron una vez más lo bien que me conocía. Me daba miedo. Me seguía dando miedo abrir aquella puerta al pasado. A mi padre. Sin dejar de sonreír suspiró con resignación. Subimos despacio la escalera hacia la segunda planta. La habitación de mi madre seguía con la cama deshecha, sin ningún indicio de que hubiera fallecido tan solo dos días atrás, excepto quizás por la asesina paciente, medio vacía, sobre la mesita de noche.
Llegamos a la puerta. La sensación de que era mas pequeña de lo que la recordaba me hizo sentir más seguro. Mi hermana miró la hora en su iPhone con impaciencia. Podía sentir su mirada de frustración mientras yo dudaba si introducir o no aquella llave casera de hojalata y descubrir los ansiados tesoros. Giré la llave y la cerradura cedió. Nos miramos como si fuéramos niños de nuevo. La puerta, cerrada durante más de tres décadas, se abrió suavemente sin necesidad de ser empujada. Sin atreverme a entrar alargué el brazo hasta localizar a tientas el interruptor de la luz que, por supuesto, no funcionaba. Mi hermana sacó el teléfono de nuevo y a punto estuve de ceder y decirle que si, que mejor lo dejábamos para mañana. Pero, para mi sorpresa, encendió la aplicación de linterna y la habitación cejó en su intento de ocultar el pasado. Sin darnos tiempo a deleitarnos con las supuestas reliquias allí dormidas, la luz del iPhone primero y nuestros ojos después, quedaron hipnotizados. Dos maniquíes, al fondo, sentados en sendas sillas, espalda contra espalda, nos daban la bienvenida cual escaparate de tienda de moda. Mis temores infantiles dieron paso al desasosiego adulto y, a medida que nos acercamos, el grito de terror de mi hermana no desató a los viejos y enamorados huesos amarrados a las sillas, pero si liberó el odio atesorado durante toda una vida en la que, desacertadamente, me supe abandonado.

 

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