La mujer de sus sueños

Quedaron en el café donde se conocieron casi veinte años atrás. Jonás le soltó lo que pensaba, así de golpe y con la poca respiración que le quedaba cada vez que tenía delante a Verónica. Ella bebía el café de la misma forma que procesaba la información que acababa de recibir, a sorbitos y con cuidado de no quemarse. Él se lo había bebido de un trago y con muy mal disimulo, aguantaba estoicamente la quemadura en el corazón (y en la garganta).
Jonás esperaba una respuesta que no llegaba a una pregunta que no había hecho. Y Verónica, sin levantar la vista de la taza, se preguntaba por qué sentía las punzadas de su mirada en la espalda, si lo tenía delante.
Ambos esperaban algo que no estaba allí. La ilusión por un lado, la sorpresa por el otro. Los sueños de uno contra el insomnio del otro.
Verónica dejó la taza en la mesa. Se colocó la bufanda despacio, repasando mentalmente cada paso a seguir para su perfecta colocación. Sacó varias monedas del bolso y las dejó sobre la mesa. Jonás le vio ponerse el abrigo. Ella se acercó a su lado. Él bajó la cabeza y un beso en la mejilla le animó a levantar la mirada de nuevo. Ella le sonrió sin sonreir.
– Jonás –le dijo con una mirada maternal- Yo no soy la mujer de tus sueños. Soy la mujer de tu hermano.
Y allí se quedaron las tazas, una vaciada despacio, la otra de un trago, pero vaciadas igualmente.

 

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