Hoy no es un buen día

 

 

 

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Foto de Karlos Wayne

La cantidad de alcohol que me queda en la botella es inversamente proporcional a la cantidad de horas que aún restan para acabar este maldito día. Igual debería haber ido al trabajo, igual… No, no. ¿Qué culpa tienen mis alumnos? ¿Cómo voy a estropearles el día por el simple hecho de que mi vida sea una ruina? No, he hecho bien en quedarme en casa, rodeada de mis remordimientos, de mi culpa… Si, he hecho bien. Pero me aterra la idea de que la ginebra se acabe antes de que la memoria se vengue de mi. Solamente el ser capaz aun de calcular la proporción inversa de lo que sea, ya me confirma que tendría que haber comprado otra botella. No recuerdo si el año pasado necesité dos … ¿Y el anterior? ¿Pero cuánto tiempo ha pasado ya? Que más da… Él sigue sin estar aquí y yo sigo fustigándome. Por más veces que me lo pregunto… Le engañé. Lo puedo disfrazar con estúpidas excusas, con razonamientos absurdos, pero la terrible verdad, lo que me va a perseguir el resto de mi vida es que le mentí. Y por eso no está conmigo, por eso se fue, por eso estoy sola y la culpa, la puta culpa me sigue devorando por dentro…
Resulta curioso como la memoria se acomoda en nuestra cabeza; de los más de cinco años que pasamos juntos, el día que mejor recuerdo, el único día que recuerdo entero, fue aquel en el que mi mentira le abofeteó sin piedad. Aquella mañana nada hizo presagiar el desastre. Armando llegó a la cama a las 5:30, después de pasar enfrascado en su nueva novela toda la noche. A las 6 me levanté yo, dejándole allí, como siempre acostumbraba a dormir: tapado con la sabana hasta la coronilla y con sus pies como despidiéndose de mi, asomándose por debajo de la sábana… Me duché y tras desayunar algo ligero me preparé mi batido verde para el trabajo. Allí, en ese preciso instante tuve, sin saberlo, la última oportunidad de contarle la verdad. Pero no lo hice. Me daba miedo y no lo hice.
Salí de casa a la hora que siempre lo hacía para ir a trabajar, la misma calle abajo, el semáforo para cruzar la avenida, el kiosco donde ya no compraba el periódico y al final de la calle la pastelería de Concha, cuyos aromas hacían que los peatones dejaran de pisar el suelo al andar. Llegué a la plaza con pies de plomo, pero una vez que la crucé, cambié de dirección y me dirigí hacia dónde estuve yendo los doce días anteriores. Entré directamente y Julián me recibió con una franca sonrisa al darme los buenos días. Nos sentamos el uno al lado del otro. Después de más de una hora me despedí de él y salí de la agencia tal y como entré: sin trabajo.
Llevaba sin empleo desde hacia casi dos semanas y Armando no lo sabía. Como cada día después de ir a la agencia de empleo, me dirigí al parque y me senté bajo el árbol desde el cual podía ver el banco. Mi banco. La sucursal del Banco Nacional donde me entregué en cuerpo y alma los últimos nueve años de mi vida. Reconfiguración de plantilla creo recordar que lo llamaron. Pero qué más da… Sentada bajo aquel árbol seguía imaginándome cómo, en el despacho del director, llegaban quejas de empleados y clientes hasta que, rindiéndose ante la obviedad, éste me llamaba suplicante para poner orden en la sucursal. Pero en lugar de ver salir al director del banco a buscarme vi a Armando llegando. El corazón me dio un vuelco. ¿Lo sabe? ¿Cómo? ¿Cómo pudo enterarse? ¿Y si se enteró, para qué venía? No tenía sentido. Nada tenía sentido. Hasta que me fijé en su mano. Un batido verde. Como los míos. ¿O era el mío? Abrí mi bolso nerviosamente, sabiendo de antemano que el batido no estaría allí. Que a todo el que miente se le escapa siempre algo que le expone, que le descubre. Y a mi me descubrió el batido. Armando entró en el banco. Por un momento fugaz decidí levantarme y enfrentarme a la verdad, Se lo explicaría todo. Que me dio miedo decírselo por que sabía que dejaría de escribir, que le entraría el pánico de no poder pagar la hipoteca y volvería al hundirse moralmente en cualquier restaurante. Así de decidida hice el amago de levantarme cuando un coche negro llegó a mucha velocidad por la calle. Con un frenazo seco y brusco se detuvo a la puerta del banco, mientras cuatro encapuchados salían ya del vehículo. Incrédula me dejé caer en la hierba, quedándome sentada donde estaba. El conductor del coche, esperando impacientemente me miraba, nervioso, impaciente. Un disparo en el interior le sacó de su ensimismamiento y un segundo disparo le alteró lo suficiente como para empezar a dar acelerones mientras miraba su reloj continuamente. Los atracadores salieron tan deprisa como entraron y una vez a salvo en el coche se perdieron calle abajo. No pude levantarme ya de allí. A los dos minutos escasos llegó la policía, luego ambulancias… Muchas caras conocidas salieron despacio, consternados, llorando. Finalmente vi salir a Armando. Estaba dormido. Como en casa. Cubierto hasta la coronilla, con los pies fuera, despiéndose de mi…
Si, ahora lo recuerdo, el año pasado necesité dos.

 

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