En la guerra y en el amor todo vale

Foto de Karlos Wayne

CAPÍTULO I “EN EL AMOR”

Lucinda se sentó junto a su amiga. Todo el mundo andaba asustado allí afuera, de arriba a abajo por la calle principal. El café estaba repleto de gente, todos alterados ante las últimas noticias. Las dos jóvenes, angustiadas y realmente preocupadas de que todos los muchachos acabaran siendo enviados al frente, bebían su café con consternación. ¿Con quién se casarían entonces? ¿Con los cuarentones o cincuentones que no valían ni para disparar un fusil? ¿Qué clase de futuro era ese? Los hombres y sus guerras… Lucinda, siendo lo suficientemente lista como para saber que no era muy lista, comenzó a escuchar el plan de su amiga con verdadera atención. Tras oír lo que le dijo, se quedó mirando tanto la foto de su amiga, que mostraba una sonrisa que parecía salirse del papel, como la carta de amor, con absoluta devoción. Eso era, sin duda, lo que tenía que hacer. !Su futuro dependía de ello!

 

CAPÍTULO II  “EN LA GUERRA”

Mariano apoyaba su espalda contra la pared arenosa de la trinchera. Los disparos del enemigo se repetían con tanta frecuencia que ni siquiera podía cambiar de postura sin temor a ser alcanzado por un bala maldita. A su lado, más asustado que él si cabe, Evaristo cerraba los ojos con fuerza, como si así, de alguna manera, consiguiera tele transportarse a algún otro lugar. Con su amada quizás. ¡Oh, si, su amada! Ella le sacaría de allí, tal y como le prometió antes de salir hacia la guerra, tal y como le escribió en aquella hermosa carta. Evaristo dejó el fusil a un lado ante la atónita mirada de Mariano, se metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó la foto de su amada Lucinda. Mariano, entendiendo, sonrió.

— ¿Es tu chica? —Preguntó dejando él mismo a su vez el fusil apoyado en la pared— ¡Apuesto a que está más buena que el pan!

Evaristo, sin dejar de admirar la belleza de su chica, le pasó la foto, orgulloso, a Mariano. Éste recibió la fotografía sonriendo, pensando para sus adentros que por muy guapa que fuera la novia de Evaristo, nunca lo sería tanto como la suya. La más guapa de todo el pueblo. La bella Lucinda.

— ¿Pero qué coño es esto?— Se levantó Mariano de un salto, sin acordarse de las balas que le pasaban rozando. Se volvió a agachar de nuevo— ¿Es una broma?

— Es Lucinda, mi novia. –Evaristo sacó la carta de su chica entonces— Nos vamos a casar en cuanto acabe la contienda y vuelva a casa.

Mariano, confundido y rabioso, le arrancó la carta de las manos y la leyó.

— Mariano, ¿qué ocurre? —Una sonrisa de preocupación le cubrió la cara— ¡No me digas que es tu hermana!

Mariano le devolvió la foto y la carta despacio, desconfiando. Evaristo lo recibió con preocupación, la cara de su amigo de pronto se transformó en cara de pocos amigos. Mariano se metió la mano en la chaqueta y sacó un sobre de plástico. Sin dejar de mirar a Evaristo a los ojos le entregó el sobre. Evaristo lo abrió y lo primero en abofetearle el corazón fue la misma foto de Lucinda que él tenía. Lo segundo fue un disparo del fusil de Mariano.

— Lo siento amigo, pero no puedo dejar que te quedes con mi chica— sin arrepentimiento, Mariano se agachó a recoger la foto y carta de su amada, sin darse cuenta de que, aún en su último suspiro de vida, Evaristo le apuntaba con su arma.

 

CAPÍTULO III “TODO VALE”

Lucinda entró en el salón de actos sabiendo que su pasado se quedaba fuera. Su futuro estaba allí dentro, un héroe, un valiente la esperaba con los brazos abiertos, el pecho condecorado y el alma herida. El hombre perfecto para una mujer como ella. Pero a quien vio primero no fue a su amado, sino a su amiga, llorando desconsoladamente. “Lamentablemente, es lo que ocurre cuando metes todos los huevos en la misma cesta”, pensó burlona Lucinda intentando aparentar tristeza, era su amiga al fin y al cabo. Al fondo del salón vio, por fin, a Mariano y el corazón le dio un vuelco. Estaba muy guapo y la miraba. Su sonrisa parecía salirse de la foto. Tres fotos más a la izquierda, la foto de Evaristo la miraba también. Lucinda volvió la cabeza hacia su amiga. “¿Debería llorar yo también?” Confundida y decepcionada, suspiró y lo intentó. Intentó llorar, pero no le salía. ¿Qué iba a hacer ahora? Mientras trataba de elucubrar sus próximos pasos, una mano se posó en su hombro. Sobresaltada se dio la vuelta, encontrándose con una sonrisa de oreja a oreja y unos ojos emanando emoción.

— ¡Agustín!

Agustín no esperó y la abrazó con fuerza. Un náufrago no se agarraría tan fuerte a una tabla en medio del mar. A Lucinda el abrazo le cortaba la respiración. Por el rabillo del ojo pudo ver la única mano que le quedaba a Agustín, apretando con fuerza la foto y la carta de su amada Lucinda.

— No te imaginas qué razón tenías —le confesó emocionado— No creo que hubiera podido sobrevivir sin tu carta ni tu foto.

Lucinda cerró los ojos y suspiró aliviada.

“Agustín, se me había olvidado Agustín… ¡Qué tonta!”

 

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