El tesoro del abuelo

Foto de Karlos Wayne

Satisfechos de que todo hubiera salido según lo planeado, Dany, Peter y Richie, arrodillados en el suelo, miraban el sobre amarillento y manoseado con una excitación que nunca habían sentido antes. Casi dos meses de planificación exhaustiva, de dedicación prácticamente absoluta para llevar su misión a buen puerto habían, finalmente, dado sus frutos. Las miradas de complicidad entre ellos lo decían todo.

La noche daba ya por finalizada lo que había sido una larga e intensa jornada. Había sido un día difícil, sobre todo para Antonio, a quién la conciencia seguía hurgando impunemente en sus heridas. Hasta el mismo día de su muerte, recordaría ese día como el capítulo más triste de su biografía.

— Es lo mejor para todos —le animó su mujer Claire, con toda su buena intención, el día que llegó el abuelo— Aquí no le va a faltar de nada; va a ver crecer a sus nietos y si, bueno, también es cierto que su pensión puede ayudarnos a pagar la hipoteca…

Eso era cierto, Era tan vergonzosamente cierto que ninguno de los dos se atrevió nunca a cambiar de posición aquella última razón en la lista de las razones.

—Mejor aquí que en una residencia en España, ¿no?

Ese día difícil, ese capítulo triste en su vida, comenzó con un desolador suspiro al sonar el despertador. Antonio se levantó de la cama sin haber pegado ojo en toda la noche y se dirigió directamente a la habitación de sus hijos. Abrió la puerta y los observó dormir durante unos segundos.

— Daniel, Pedro —comenzó a llamarlos desde el marco de la puerta— Ricardo, es la hora hijos. Vamos arriba.

Los chicos no parecieron inmutarse. Era verano. Estaban de vacaciones. Tener que levantarles a esa hora no era justo para ellos. Tampoco era justo, pensó Antonio, que tuvieran que pasar un día como el que les esperaba y a una edad tan temprana.

— Chicos —insistió ahora con una ligera elevación de la voz.

— Ok, ok — masculló uno de los niños— I´m up!

“I´m up”. ¿En qué momento dejó de insistirle a sus hijos que le hablaran en español? Le dolía, no lo podía negar, ¿pero qué podía hacer? ¿Cómo ganarle la batalla a la televisión, al colegio? Incluso a Claire. Sus hijos respiraban en inglés y él, el padre ausente que no hacía otra cosa que trabajar y trabajar, era la única conexión que tenían con sus raíces. Un fracaso más.

Al cerrar su padre la puerta, los niños se levantaron de la cama de un salto. Richie, el menor de los tres, pidió repasar el plan de nuevo antes de salir de la habitación. Dany, a sus once años, parecía demasiado viejo para su edad. Quizá el hecho de ser el hermano mayor acarreaba intrínsecamente un cierto sentido de la responsabilidad. Tenía reparos con el plan y no se atrevía a decir que tenía miedo.

— No nos mires así Dany —le espetó Peter en un perfecto inglés británico— Tú lo intentaste a tu manera y no salió bien…

No, no salió bien. Tan pronto como se llevaron al abuelo al hospital, Dany vio el sobre blanco sobresaliendo del bolsillo de la chaquetilla, a través de la puerta de la habitación entreabierta, aún colgada en el respaldo de la silla,. Sin tan siquiera cerciorarse de que nadie le viese, Dany cogió el sobre blanco y lo observó con curiosidad.

— Yo nunca vi a papá tan enfadado — rió Richie tocándose la mejilla para que Dany lo viera— ¿te dolió mucho?

Si. Si le dolió. Pero no fue solo la bofetada. Esa desesperación, ese desgarro en la mirada de Antonio cuando le arrancó el sobre blanco de las manos, furioso… Eso le hizo más daño, sin entender realmente el por qué.

— Esto no es tuyo —le dijo el padre fuera de sí— Y como vuelva a verte andando en las cosas del abuelo…

— Ok. !Es solo un papel! —contestó Dany asustado y hablándole ingles.

Dany miró a sus hermanos esperando una respuesta. Hacía dos meses ya que había ocurrido eso y Dany seguía sin querer hablar de ello.

— No, no me dolió— mintió una vez más— No me pegó fuerte.

Aquel día, tras la bofetada, Richie y Peter encontraron a su hermano mayor llorando en el jardín. Todos se daban cuenta de que algo ocurría. De que algo escondían sus adultos.

— ¿Y por qué te ha pegado? —preguntó extrañado Richie— ¿Qué has roto?

Dany no podía creer que sus hermanos nunca se hubieran dado cuenta. Aunque por otro lado ellos tampoco le prestaban mucha atención al abuelo. A él le fascinaba. De hecho, incluso de adulto, Dany siempre recordará las tardes frente a la estufa escuchando las historias del abuelo “de cuando la guerra”.

— Te lo estás inventando —le soltó Richie convencido, mientras comenzaba a dar saltos en la cama elástica del jardín.

— Es un tesoro. Me lo dijo el abuelo —confirmó Dany.

— El abuelo no está bien de la cabeza —exclamó Richie.

— El abuelo está en el hospital —replicó Peter— Tiene una enfermedad en la cabeza.

— ¿En un manicomio? —preguntó Richie dejando ahora de saltar prestando más atención a la conversación.

— No hombre, no. El abuelo no está loco —aclaró Peter cuando vió a Dany levantarse y dirigirse a la casa— Está enfermo.

— Si. Yo sé lo que tiene —contestó Richie volviendo a sus saltos— Tiene algo que se llama… Que se llama… Schwarzenegger. Tiene Schwarzenegger.

— ¿Pero qué dices? —rió Peter entrando también en la cama elástica.

— Si, tiene Schwarzenegger — confirmó Richie seguro de sí mismo— Me lo dijo mamá.

— ¿Tu sabes quién es Schwarzenegger?

— El de Rambo.

— El de Rambo no era Schwarzenegger, idiota —le espetó

Peter viendo que su hermano pequeño conseguía saltar más alto que él— Ese era el de Terminator.

— Te lo estás inventando —sentenció Richie.

— El de Rambo era Rocky Balboa —le corrigió Peter— Que le pegaba a las carnes colgadas. ¿Te acuerdas?

—¡Alzheimer !—les dijo Dany llegando con un álbum de fotos en las manos —Lo que tiene el abuelo se llama Alzheimer.

— ¡Eso he dicho! —sentenció Richie bajando al césped de un salto al ver a Dany llegando con el álbum de fotos bajo el brazo.

Dany se sentó en la hierba del jardín y comenzó a pasar las páginas del álbum de fotos, despacio. Richie pensó que esas fotos eran muy viejas, ¡de hacía un millón de años por lo menos! Salían ellos cuando eran bebés….

— ¿Por qué estás mirando esas fotos Dany? —se bajó Peter también de la colchoneta.

— ¿De verdad no lo veis? —se extrañó Dany.

Y las mariposas, cargadas de imaginación, comenzaron a volar de cabeza en cabeza, de las cabezas al álbum y viceversa al ir señalando Dany el sobre blanco que el abuelo llevaba encima en todas y cada una de las fotos en la que aparecía. Dany sonrió satisfecho al ver la cara iluminada de su hermano pequeño.

— Eso no es un tesoro —dijo Peter desconfiado— El abuelo está mal de la cabeza, por eso…

— En estas fotos el abuelo no estaba enfermo todavía —le interrumpió Dany seguro de sí mismo, recordando la última conversación que tuvo con él:

— Esto de aquí es un tesoro — le había revelado el abuelo en voz baja mientras Dany observaba cómo la mano arrugada y temblorosa del anciano tiraba del sobre blanco, asomando tan solo una de las esquinas fuera del bolsillo para después volverlo a guardar celosamente— Y por eso lo llevo siempre conmigo. Es lo más valioso que tengo. Y necesito protegerlo. ¡No lo puedo perder! El día que lo pierda… Moriré.

— ¡Te lo estás inventando! —apresuró a gritar Richie asustado a la vez que Dany cerraba el álbum de fotos.

— No me lo estoy inventando. Él me lo dijo. Y me dijo que lo necesitaba siempre con él. Y no se lo llevó al hospital.

Peter y Richie miraron a su hermano entonces con una intensidad poco habitual en ellos.

— ¿Sabes dónde está el sobre del abuelo? — preguntó Peter emocionado, mientras Dany sentía de nuevo el escozor en la mejilla.

Y Antonio volvió entonces al hospital, a llevarle el sobre a su padre. Avergonzado. Avergonzadísimo por haber perdido la compostura de aquella manera tan irracional. ¿Cómo había podido pegar a su propio hijo? ¿Qué clase de padre era? Aquel sobre blanco era la prueba de su fracaso como hijo y, como padre, sentía que no iba diferentemente encaminado… Si los médicos tenían razón, tan solo le quedaba una cosa por hacer. El sobre blanco se iría a la tumba junto a su padre.

Y los médicos tuvieron razón. Y el sobre se iba a la tumba con el abuelo.

La funeraria era muy pequeña, Antonio la sentía claustrofóbica. Casi tanto como el pueblo en el que vivían desde hacía diez años en el sur de Inglaterra. El féretro del abuelo, en el lado opuesto a la puerta de la sala, estaba rodeado de flores. En un lateral, una mesa plegable con un mantel de papel, ofrecía a los presentes café caliente en termos grandes, té, leche y galletas, de las que Richie ya hacía acopio. Los chicos no podían apartar la vista del ataúd. Antonio los miró y apenas conseguía contener las lágrimas al ver todas aquellas sillas vacías, todos aquellos amigos, familiares y conocidos de su padre que no estaban allí para darle un último adiós. La mano de su mujer sobre su hombro consiguió mitigar en algo su estado. Se fijó entonces en sus hijos. Se levantó y se dirigió hacia ellos.

— ¿Estáis bien? —preguntó acariciando la cabeza de Richie que seguía devorando galletas— Fuera hay unos columpios si os apetece salir un rato.

Los tres agacharon la cabeza. Dany sentía los latidos de su corazón palpitar a mas de mil pulsaciones por segundo y Peter, preocupado, se percató de que su hermano mayor estaba arrugando el sobre blanco falso que tenía en el bolsillo, presa de los nervios.

— Papá —se levantó Peter de un salto.

— ¿Si, hijo? —contestó Antonio sorprendido de encontrarse pensando en cómo se sentirán sus hijos si este fuese su propio funeral, en lugar de el del abuelo.

— ¿Podemos despedirnos del abuelo? —preguntó Peter en un perfectísimo español que arrancó, de golpe y con estupor, un torrente interminable de lágrimas a su padre. Tan indefenso le pilló el llanto, que no pudo más que asentir con la cabeza, tapar inútilmente con la mano el sollozo que salía a borbotones de su garganta y volver a su silla, haciendo un esfuerzo sobre humano para no derrumbarse frente a sus hijos. Peter, nervioso le indicó a sus hermanos que se levantaran también. Hablarle a su padre en español siempre, SIEMPRE funcionaba. Los tres se acercaron temerosos al abuelo. Por unos segundos se olvidaron del sobre blanco y del tesoro. El abuelo parecía estar dormido, aunque era raro no oírle roncar. “Eso era morirse,” pensó Richie, “dormirse con la ropa puesta y sin roncar”.

— ¡Se ha movido! —trató Peter de gritar con un susurro— ¡La mano! ¡Ha movido la mano!

— ¡Te lo estás inventando! —acertó a decir Richie, que ya corría asustado hacia la salida, sin ser consciente de que esta parte del plan se le fue ocultado a propósito. Antonio salió tras él, preocupado, momento que Peter y Dany aprovecharon para extraer el sobre blanco amarillento del bolsillo del abuelo para, inmediatamente después, introducir en su lugar el sobre blanco falso.

Ya de noche, tras el funeral y en la seguridad de su habitación, los niños miraban el sobre blanco con auténtica admiración. Era un tesoro. Estaban seguros de ello y como tal lo sentían en cada célula de sus cuerpos. Dany cogió el sobre con el beneplácito de sus hermanos y lo elevó. Por una pequeña apertura, introdujo su dedo índice y el sobre se abrió como por arte de magia.

— ¡Ah! —exclamaron los tres al unísono, lo que les hizo sonreír nerviosos. Dany vació el sobre y algo cayó al suelo. Los tres se miraron atónitos.

Antonio, ajeno a lo que ocurría en la habitación del fondo del pasillo, se dejó por fin caer en la cama. El dolor acumulado durante días y, sobre todo, el peso de la culpa, se aliaron con la gravedad para que finalmente cediera ante lo inevitable y cayera de golpe. Su padre había muerto. Y lo había hecho lejos de su casa, de su tierra, de su gente… Murió sabiendo que su hijo jamás cumplió su promesa.

— Serán un par de años como mucho— le mintió piadosamente Antonio al poco de enterrar a su madre— De verdad.

— ¿Y si luego no puedo? —preguntó angustiado el abuelo— ¿Y si no me dejan volver?

— ¿Cómo no te van a dejar volver? —sonrió Antonio ante la inocencia de su anciano padre— ¿Quien podría no dejarte volver? Mira —Antonio acercó su cartera y de ella extrajo dos billetes de avión— Con este billete volamos mañana a Londres. Y con este, que todavía no tiene fecha, podrás volver cuando lo decidamos. ¡Tu vuelo de vuelta es este billete y ya está pagado!

Antonio alargó entonces la mano y del cajón de su escritorio sacó un sobre en el que introdujo el billete de vuelta. Le entregó el sobre, entonces blanco como la libertad y el abuelo se aferró a ese sobre como un náufrago se agarraría al mástil de un barco.

Satisfechos de que todo hubiera salido según lo planeado, Dany, Peter y Richie, arrodillados en el suelo, miraban el sobre amarillento y manoseado, ahora abierto, con una sensación de perplejidad que nunca antes habían experimentado.

— ¿Un billete de avión? —preguntó Peter incrédulo.

— A Málaga — confirmó Dany— Pero con fecha de hace cinco años…

— ¡Te lo estás inventando! — se tiró Richie a la cama decepcionado— Vaya mierda de tesoro.

 

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