El final de Mata Hari

mata hari

Foto Karlos Wayne

– Para demostrar que soy alemana –le dije con una sonrisa- solo tendría que enseñarle mi pasaporte. Pero pese a todo el ruido que se ha levantado en París hace un par de meses en la Sociedad de Naciones con la Conferencia sobre pasaportes y trámites en aduanas, a mi la verdad es que no se si me hace mucha gracia esto de que nos cataloguen… Así es que tiré el mío por la borda. Lo siento.

– Señora –me dijo el oficial Indochino que, pese al caluroso mes de Diciembre, no parecía inmutarse- Necesito saber quién es usted para poder dejarla entrar en Saigón.

– Mi nombre es Gretha. Nací en los Países Bajos, pero mi alma, mi baile y la vida que crean mis pinceles hablan alemán. Y para hacerle ver que además soy francesa, debería hablar con mi ex marido, Rudolph, aunque no lo va a encontrar aquí. Él se quedó en algún momento del siglo diecinueve donde se sentía cómodo con su hombría y ésta no podía ser cuestionada ni por él mismo.

Sinceramente esperé alguna reacción a mi ocurrencia, creo que fue ingeniosa, pero el oficial vietnamita me miraba como si tratara de leer en mi cuerpo lo que mi boca, reseca ya por el calor, contaba.

Su mirada, escudriñándome de arriba abajo me sorprendió. Igual aún quedaba algo de mi… en mi.

– Necesito ver algún documento, alemán, francés…

Suspiré. El calor era asfixiante. La oficina de aduanas del puerto de Saigón era un cuchitril. Una mesa desordenada llena de papeles, que inútilmente trataban de salir volando con el escaso aire que el ventilador del techo dejaba caer, me separa del joven aduanero. Una bandera francesa mal pintada en la pared de yeso agrietada ondeaba al lado de una jaula de metal oxidado donde podían caber tres personas de pie. La pequeña prisión estaba abierta, advirtiéndome.

Le hablaba en un francés educado, lo único valioso que conseguí de Rudolph, un francés de Versalles, aristocrático, el cual, a lo largo de mi carrera, me había sacado de situaciones comprometidas. Pero esta vez no estaba segura de que funcionaría. Otra cultura, otra forma de ver la vida… Esto no era Europa, por muy afrancesados que quisieran parecer. De ahí que le estuviese contando la verdad. No toda, evidentemente, sobre todo por que no se la creería. Dudo mucho que aquí hallan oído hablar de mi, o de mi muerte… Falsa, pero creíble.

El oficial Indochino era lo suficientemente joven como para sentirse importante tras aquella caótica mesa. No hace tanto, solo hubiera necesitado desabrocharme un botón de la blusa… Pero los años no se detienen. El pasado pesa, sobre todo para una mujer en estos tiempos que corren. He andado más de media vida sirviéndome de los hombres. Alemanes, franceses, españoles… Todos tienen algo en común, algo que los hace predecibles, manejables e incluso vulnerables: son hombres.

Y este imberbe oriental no debería ser menos. ¿O si? Necesito entrar en Indochina y perderme para siempre, pintar arrozales, bailar para mi y morir cuando me llegue la hora, no cuando un hombre lo decida. En el otro lado del mundo estoy muerta, creo que admirada y odiada a partes iguales, pero mientras recibo esos sentimientos contradictorios, ellos siguen matándose los unos a los otros. Aislándose bajo banderas, fronteras y religiones. Hemos empezado el siglo veinte con la mayor guerra de todas la guerras y no parece que esto vaya a acabar aquí.

El mundo estaría mejor en nuestras manos. Las mujeres no necesitamos violencia. Con un botón nos basta para solucionar cualquier problema. Por que los hombres se quedan hipnotizados con un botón! Desabrochado disimuladamente. Con paciencia para dar tiempo a sus ojos a clavarse en el camino de mis manos, en la maestría de mis dedos. Una vez dueña de su mirada voy entonces a por su boca y espero la mueca, el movimiento involuntario y revelador, la confirmación silenciosa de que le tengo, de que es mío. Y entonces me doy cuenta de que los Indochinos también son hombres y de que aquí, como allí, solo tengo que ir de mueca en mueca.

Y pintar arrozales.

 

 

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