El cartero

Foto de Karlos Wayne

Desde que su padre le atropellara con el tractor cuando apenas contaba con siete años de edad, Evaristo supo que si quería salir adelante en la vida, no podría hacerlo corriendo. No trabajaría el campo como su padre, eso era de lo único que estaba seguro. Y hasta que los nacionales llegaron al pueblo en busca de carne de cañón para sus frentes, Evaristo no encontró su camino. ¡Por supuesto que intentó alistarse! pero la cojera resultó aún más pronunciada cuando intentó disimularla. El ejército se llevó a todo aquel menor de cincuenta y tres años, (número extraño para ese menester, pero no iba a nadie a desobedecer las órdenes de aquellos tipos armados y con cara de mala leche), dejando atrás ancianos, mujeres, niños y a Evaristo.
Juanita, en un mar de lágrimas, se despidió del apuesto Martín, que no solo se alistó de los primeros, sino que además, para mostrar su buena disposición para la causa, entregó una lista de aquellos que no se alistarían “por otras razones”. Gracias a ello, al apuesto Martín le ascendieron a sargento antes incluso de darle el uniforme.
Pero todo esto pasó hace una eternidad, o cinco años, siete meses y once días, si hemos de ser concretos y meticulosos.
— Cinco años, siete meses y once días — le dijo Juanita aún en estado de shock al encontrarse con el apuesto (ya no tanto) Martín en la taberna del pueblo— Debería darte vergüenza aparecer por aquí.
— Te dije que volvería —le contestó él, aún en estado de shock sin poder apartar la vista del anillo de casada que Juanita llevaba en el dedo— Pero ya veo que no me esperaste.
— Eres un cara dura —le espetó ella, tapándose el anillo con la otra mano, avergonzada— Todos te damos por muerto, ni tu madre, que en Gloria esté, supo de ti, la pobre…
El (ya no tanto) apuesto Martín golpeó la mesa enfurecido. El vaso de mosto de Juanita volcó y la mesa se tiñó de rojo. La guerra no le había tratado bien, Juanita le veía muy (MUY) diferente. La mirada dura, las cejas caídas levemente hacia adelante, dejando la expresión de su cara en un estado de constante enfado. No, definitivamente ya no era tan apuesto. Ya solo era… Martín.
— Mira Martín —Juanita trataba de recobrar la compostura después de que toda la taberna los mirara tras el golpe— Hemos pasado muchas penurias en el pueblo, tú no estabas aquí para verlo…
— No, tienes razón, estaba en el frente defendiendo a España —sentenció Martín, cruzándose de brazos. Chúpate esa Juanita, a ver qué le tienes que decir ahora. Juanita bajó la mirada. Igual le podía contar aquellas veces que llegaron esos otros que también defendían a España y saquearon el pueblo. Y varias veces. Y con distintos uniformes. ¡Una vez hasta hablaban en otro idioma que no era el castellano! Pero no, no se lo iba a contar. Los uniformes aún la ponían nerviosa y eso que la guerra acabó hace un par de años o más…
—No recibí ni una sola carta tuya Martín. Ni una sola… — Juanita volvió a bajar la mirada, pero esta vez no era por miedo— Te hubiera esperado, te esperé, pero no recibí ni una sola carta tuya.
— Eso es mentira — le dijo martín apretando los labios con rabia— Te escribí todos los meses y en todos los cambios de destino. Y tú nunca me contestaste… Te olvidaste muy rápido de mi.
— No digas eso.
— ¿Quién es? — Preguntó Martín terminando su chato de vino— ¿Quién fue el desgraciado que se me adelantó?
— Martín…
— Dime quién es, lo voy a averiguar tarde o temprano…
— Tenemos dos hijos. Tengo una familia maravillosa —Juanita se tocó el anillo sonriendo— hasta tu madre, que en Gloria esté, nos dio su bendición. Me dijo que después de su querido hijo, nadie mejor que Evaristo para desposarme.
— ¿Evaristo? —Martín abrió exageradamente los ojos y se echó a reír histéricamente— ¿Evaristo? ¿Mi primo? ¿EL COJO? Jajajaja jajajaja jaaaa
Juanita hizo el amago de levantarse, ofendida, pero Martín dejó de reírse y con un gesto con las manos se disculpó, invitándola a sentarse de nuevo… Juanita aceptó, más por la vergüenza de montar una escena en la taberna que por otra cosa.
— Evaristo es un buen hombre y me quiere. Y adora a nuestros hijos. Es un buen hombre. Siempre estuvo animándome cuando no recibía noticias tuyas. Todos los días le preguntaba y él mismo me alentaba a no perder la esperanza de que en la próxima remesa de cartas llegaría una tuya. Pero nunca llegó ninguna.
Martín suspira y hace el amago de darle otro trago al chato de vino, pero el vaso está vacío.
— Así es que te has conformado con mi primo el cojo… En fin. ¿Qué te puedo decir? Igual os merecéis el uno al otro…
— Nada Martín —Juanita se levantó, ofendida esta vez— No digas nada. Igual el uniforme que lleva no es militar, pero nunca le ha faltado el respeto a nadie y todo el mundo en el pueblo le aprecia y le respeta.
— ¿Que lleva uniforme? ¿Y qué es? ¿El sereno? —Se burló Martín.
— No —Le respondió seca mientras se levantaba— Cuando se os llevaron a todos, el alcalde le ofreció el puesto de cartero. Y ahí lleva desde entonces, entregando noticias y cartas a todos los del pueblo. Todo el mundo le quiere. Yo le quiero.

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