Cuando cruzamos los límites

 

Foto de Karlos Wayne

Celia y yo nacimos para estar juntos, pero no revueltos.
Amigos inseparables en el colegio, perfectos compañeros en dobles, “best friends” en las clases de inglés. Nuestras respectivas familias daban ya por hecho que acabaríamos revueltos, bendita inocencia, ¿o era ignorancia? Al llegar a la universidad y evitar así no volver a caer en aquellos absurdos malentendidos, Celia y yo decidimos hacernos pasar por hermanos. La idea cuajó y dio sus frutos; salimos de allí con una carrera bajo el brazo y una pareja colgada del otro.

Pasaron los años.

Celia y yo seguíamos juntos y no revueltos.
En los dedos, los anillos de oro perdían su brillo.

Y su brío.
Nuestros barcos, pese a llevar rumbos equidistantes, zozobraban cada uno por su lado. Pero seguíamos juntos.

Nacimos para ello.
Nuestras parejas, en cambio, no nacieron para estar juntas, pero si revueltas. Desenmascarados, intentando, según ellos, mantenernos a flote, pronto entendieron que su problema era cosa de dos.

Y comenzaron a hacer matemáticas.
“Necesitamos un impulso en las velas” me decía ella, mientras me guiaba hacia la tempestad.
“Un giro de timón” le explicaba él, mientras de la mano la acercaba hacia el follón.
La venda en el corazón nos impidió ver dónde yacía el limite y tan ocupados como estábamos achicando el agua, acabamos encontrándonos el uno frente al otro, mojados y extrañados. Juntos y revueltos sintiendo, sabiendo, que no eran solo los barcos lo que se estaba hundiendo…

 

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