Comfort Food

Mi hijo, por fin, salió de su habitación. Ni siquiera me intuyó. Pasó de largo por mi cara angustiada que pretendía leer un libro agarrado con prisa y al azar, al escuchar el pestillo de su puerta abrirse. Entró en el baño y se quedó allí, en silencio, años. Meses. Días. Igual horas, no lo se.  Se quedó mucho rato. Un rato eterno. O eso me pareció a mi. Pero salió, por fin. Del baño, que no del abatimiento, del derrumbe emocional que le desgarraba de dolor por dentro. De pérdida. De no entender cómo ni cuándo ni porqué ni dónde, aquel primer amor adolescente se perdió.

Foto por Karlos Wayne

Hizo el amago de abrir la puerta de su habitación, pero se quedó en eso, en un amago. Recé en silencio para que lo hubiera visto. En realidad no recé, no sabría cómo hacerlo. Pero si lo pedí. Lo pedí como pedimos las cosas los que no creemos en dioses ni dragones, a quien quiera sea que esté allá arriba. O abajo. O en otra dimensión al lado de la nuestra. El caso era pedir que lo viera para no tener que decírselo yo. Por que si se lo decía yo, no lo vería. Solo pedí que lo viera. Que le entrara aunque fuera por los ojos, ya que el estómago lo tendría cerrado y sellado. Volvió sobre sus pasos y esta vez me pasó de largo con el libro cerrado. Agarró el sándwich de atún con queso, maíz dulce y aguacate de la mesa y al volver a su habitación no me vio sonreír mientras lloraba. O igual lo que no hizo fue verme llorar mientras sonreía. Ya daba igual. Ya gané una batalla. De hambre ya no se iba a morir. De amor si. O de desamor, que de eso también se muere. Dicen.

Escuché el pestillo de su puerta volver a cerrarse y salté del sillón esperanzado, por primera vez en cuatro días, de que no saliera de su habitación. No podía permitir que por una casualidad, abriera el cubo de la basura y descubriera los siete u ocho sándwiches de atún, queso, maíz dulce y aguacate que dejé sobre la mesa y no vio. Y que también se sintiera culpable por eso.

— Que fácil hubiera resultado —me dijo cuatro días antes— si hubiera sido ella la que me hubiera dejado a mi.