AROMA DE RECUERDOS

Foto por Karlos Wayne

Milo salió llorando de la habitación. No podía creer que doliera tanto. Y eso que se preparó para ese día. De hecho toda la familia se preparó para ello, pero la realidad era otra mucho más dura. Nada puede prepararte para que tu padre te mire como quien observa un cuadro de Joan Miró, tratando de visualizar, de adivinar una escena cotidiana. Le miraba, pero no le veía.
La madre de Milo se levantó de la incómoda silla en la sala de espera. Milo se apresuró a secarse las lágrimas, pero ¿a quién iba a engañar?
— No vayas mamá —le suplicó— No va a saber quién eres y eso te va a hacer sufrir…
— ¿Pero qué tonterías son esas? —Le sonrió ella con cariño— ¿Cómo no va a saber quién soy?
— Mamá, por favor…
— Él sabe quién soy —trató de tranquilizarle— Da igual que no reconozca mi cara, que mis manos no le sean familiares. Pero sé que sabe que soy yo.
— Mamá…
— Lo sé, hijo —le acarició la mejilla— Ve a por un café anda y dame diez minutos con él para darle las buenas noches.
Milo bajó la mirada. ¡Cómo envidiaba la fortaleza de su madre! Esta se alejó despacio hacia la habitación donde su marido estaba ingresado. Milo sonrió al ver como, antes de entrar, su madre se acicalaba el pelo, se echaba un poco de perfume e incluso se pintaba los labios. Su teléfono sonó en el interior de su bolsillo. A vergonzoso miró a su alrededor mientras intentaba sacarlo a toda prisa. Una enfermera que pasaba por su lado, le tranquilizó.
— No se preocupe —le dijo en voz baja— aquí si puede usar su teléfono.
Milo le dio las gracias con una medio sonrisa, nervioso.
— Hola cariño —contestó a la llamada— Si, bien. Bueno. Ya está, ya ha llegado a ese punto. No, me mira, si. Pero no… No me ve.
Milo trató de esconder su cara con la otra mano, por alguna razón se sentía observado y no deseaba que le vieran llorar.
— Ya sé que es muy mayor —continuó la conversación— Pero eso no consuela a nadie. Yo también te quiero. No, no dejes que me espere despierto, voy a llevar a mi madre a su casa si es que llegaré tarde, dale un beso de mi parte y dile que papá le quiere con locura.
Milo dejó de oír el teléfono al escuchar algo que provenía de la habitación de su padre… Eran, parecía… ¿risas?
— Cariño, te llamo luego. —Se guardó el teléfono sin ni siquiera mirarlo. Extrañado se acercó despacio hasta el quicio de la puerta, tratando de escuchar la conversación que ambos mantenían. Como si no estuvieran en un hospital. Como si la enfermedad aún no le hubiera tocado. Manchado. Como si nada hubiera borrado los recuerdos que te convierten en la persona que eres. Pero hablaban casi en susurros, como un par de enamorados que nada tienen que ver con el mundo que les rodea. Volvió a la sala de espera, aturdido.
A los pocos minutos llegó su madre. Llorando sin poder ni querer evitarlo. Milo se agarró a su brazo y salieron juntos del hospital.
Una semana después, Milo llegó junto a su madre a la residencia donde a partir de entonces el padre sería atendido. Una veintena de ancianos. Cada uno en su silla. Cada cual en su isla. Todos en su propio mundo robado.
Milo hizo el amago de acercarse a su padre, pero la madre le detuvo. Abrió su bolso y sacó un frasco pequeño de Nenuco.
— ¿Y eso? —Se extrañó Milo— ¿Ahora usas perfume para niños?
— Yo no —le respondió ella con una sonrisa— pero tú si.
— Mamá, tengo cuarenta años ya, no creo que necesite… —Pero la madre le interrumpió al ponerle perfume en la cara, el pelo y la ropa. Milo no entendía nada, pero se dejó hacer. Después ella sacó su propio perfume y se echo un poco en el cuello.
— Vamos —le ordenó, agarrándole del brazo.
El padre los vio llegar sin emoción ninguna. A medida que se acercaban Milo notó algo muy extraño en su padre. Algo que nunca le había visto hacer. Quiso volverse hacia su madre, pero esta sonreía ya de oreja a oreja. La cara del padre seguía inmóvil, inexpresiva, tan solo aquel extraño movimiento de los agujeros de su nariz. Parecía un sabueso buscando un olor. ¿Era su imaginación o éstos se abrían a cada paso que ellos daban? El padre esbozó una sonrisa. Milo comenzó a temblar. La madre le hizo agacharse lo suficiente como para poder besarle en la mejilla.
— Sólo síguele la corriente —le dijo emocionada— se va a alegrar de verte.
Ambos se acercaron al anciano. La madre se sentó en una silla contigua y Milo se agachó frente a él, tomándole las manos.
—Hola papá —dijo con miedo— ¿Sabes quién soy?
— Hijo, milo —le sonrió el padre colocando una mano en su mejilla— ¡Has venido! ¿Has hecho ya los deberes? No quiero que la señorita Eulalia me llame otra vez…
— Sí papá —contestó— Los deberes están hechos.