¡Ains! Que malito estoy…

Foto de karlos Wayne

Los síntomas comenzaron anoche, pero preferí no decir nada por si acaso se trataba una falsa alarma y evitarme así la rutinaria charla del dolor del parto y como los hombres no tenemos aguante…

En fin.
A media noche la sonrisa del unicornio que se asomaba tras el marco de la puerta confirmó mis sospechas: tenía fiebre y ésta debía ser muy alta, por que el unicornio nunca, hasta el día de hoy, me había dedicado una sonrisa…
Cuando abrí los ojos de nuevo era ya de día y podía oír el agua de la ducha en el baño. Toda la habitación me daba vueltas. Preferí no pensar en que aún no había vomitado, pero no me dio tiempo, ya estaba pensando en ello y el estómago se percató. Intentando por todos los medios moverme lo menos posible comencé a buscar con la mirada algún recipiente. La tripa me metía prisa. Llamé a la Juana, pero hoy, precisamente hoy, le había dado por meterse con Bisbal en la ducha. Decidí, con un esfuerzo sobre humano, moverme y al asomar la cabeza por el borde de la cama vi su bolso abierto en el suelo. No lo hice aposta, lo juro… Pero no pude evitar sonreír al imaginármelo.

¡Ains! que malito estoy…
Volví a despertarme, en esta ocasión sobresaltado al sentir la mano helada de mi mujer sobre la frente. “¿Estás malo otra vez?”, me preguntó con cara de pocos amigos. “¿Te he vomitado en el bolso?”, pensé aterrado. “Por favor dime que no te he vomitado en el bolso.”
“Bueno al menos no has vomitado aún” dijo mientras volvía al baño. ¡Claro! La cara es la de las mañanas… Maldita fiebre… La Juana volvió con una palangana y la fue a colocar en el suelo cuando me aferré a ella como un tigre apresando a su presa. Hasta yo me sorprendí de mi propia agilidad mientras el estómago me bombeaba las entrañas.
“Creo que hoy no voy a ir a trabajar” acerté a decir entre chorro y chorro. La Juana se dio la vuelta y tras el familiar chasquido con la boca que hacía cada vez que algo le importunaba la oí decir mientras se iba:

“Cuatro, cuatro hijos he parido…”

 

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