Otro Halloween más

La noche de Halloween, para desesperación de Roberto, se había convertido en una angustiosa rutina. Una cosa era ver de nuevo a su hijo disfrutando de su noche favorita, no en vano es una noche especialmente preparada para niños y otra cosa era ver como todo el asunto se estaba convirtiendo en una fijación que, pese a su corta experiencia como padre, intuía que no debía ser sana. Ni para él, ni para el niño. Y el problema no era que cada año usase el mismo disfraz de fantasma; una sábana que de blanca le quedaba más bien poco, cuyos ojos grandes y ovalados, se habían descolorido y le daban, si cabe, un aspecto aún más tétrico. El problema era que el niño no quería que la noche de Halloween acabara y cada año era la misma lucha.

— Vamos hijo —le suplicó una vez más mirando el reloj de su muñeca— hay que volver, mamá debe de estar muy preocupada.

El pequeño Julito se dio la vuelta y miró a su padre con aquellos ojos desteñidos sobre la sábana que le cubría. A Roberto le dio un vuelco el corazón ya que por alguna razón creyó que le iba a hablar, el niño movió la cabeza como queriendo decir algo. Pero Julito no hablaba. Roberto lo sabía. No desde el accidente, aunque ni siquiera recordaba su voz antes de que ocurriera. Ni siquiera en sueños, era capaz de pronunciar una palabra. Roberto suspiró. Con lo fácil que sería agarrarle de la mano y tirar de él o cogerle en brazos y llevárselo a casa, pero la experiencia de otros años ya le había enseñado que así no funcionaban las cosas en estos casos. El niño tenía un trauma, de eso no había ninguna duda. Su mente no funcionaba como la de los demás niños. Y forzarle a hacer las cosas, según le dijo el doctor Minerva, no haría sino empeorar su comportamiento. Al fin y al cabo, seguía siendo un niño y, como tal, necesitaba entender el por qué, la razón por la que debía hacer lo que se le pedía.

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— Míralo de esta forma —le explicó en su día el aclamado y sensacional gurú Doctor Minerva— Imagina que tú vas a comprar un filete. Por que es lo que quieres cenar. No quieres ni una ensaladilla, ni un aperitivo, nada. Esa noche todo lo que quieres es un filete. Esa es tu misión. Llegas a la tienda y el dependiente, que ya te conoce, te pone el filete que le has pedido y una lechuga. Pero tú no quieres lechuga, ¿verdad? Dices que no. Y el dependiente te quita el filete y te dice que si no coges la lechuga también, no te llevas el filete. ¿Me sigues? ¿Ves por dónde voy? Tu hijo se siente así, él quiere hacer algo y tú, que sabes que es por su bien, quieres que haga otra cosa y él no entiende el por qué y tú, como su padre que eres, has de buscar la forma de convencerle, de que en su cabeza lo que tú quieres que haga, tenga sentido para él.

— Pero hay algo que no entiendo —le dijo Roberto— ¿Por qué habría de coger la lechuga si no la quiero? ¿Cómo iba a convencerme el dependiente de la tienda para que me quedara con la lechuga?

El Doctor Minerva le sonrió, ¡qué bien le caía la gente con pocas luces!

— Por que meses atrás, el mismo dependiente te vendió un conejillo de indias y sabe que necesitas la lechuga para alimentarle. ¿Lo entiendes ahora?

Roberto deseó que su hijo tuviera una mascota y que, tan sencillo como llevarse una lechuga, su hijo decidiera volver por su propio pie. Pero entonces recordó también lo que el doctor Almagro, esta vez uno de un hospital, les dijo bastante antes del accidente.

— Su hijo —la intensidad de su mirada puso en guardia a Roberto, supo que una mala noticia le iba a golpear en la cara— Su hijo tiene TDA

El golpe, pese a recibirlo, no fue tan duro en un principio por que, aunque le avergonzó reconocerlo, no tenía ni idea de lo que TDA significaba.

— ¿Y es grave? —preguntó mirando a su mujer, esperanzado de que ella estuviera en la misma nube de ignorancia— ¿Se va a poner bien?

— El autismo no tiene cura —le azotó su mujer— Ya hemos hablado de eso. No es una enfermedad.

—¿Autismo? —Roberto se levantó de la silla, pretendiendo no haber oído nunca aquella fatídica palabra con anterioridad. O quizás su mente, para hacerle más llevadero el dolor, había decidido ocultárselo hasta ese mismo momento, cuando una persona realmente experta en la materia, se lo confirmara— ¿Y qué va a pasar ahora?

 

Julito volvió a dar media vuelta y comenzó a caminar de nuevo. Roberto suspiró y empezó a seguirle. No se veía a nadie por la calle pidiendo “susto o trato”, los niños “normales” ya deberían estar durmiendo. ¿Desde cuándo se había convertido el Día de Todos Los Santos en una fiesta para niños? ¿No era eso faltar al respeto a los fallecidos? La cabeza de Roberto no cejaba en buscar excusas para descalificar esa fiesta, esa noche que cada año le partía el alma. Y los nervios.

— ¡Julio! —se desesperó— ¡Ya está bien!

Y Julito se detuvo. Hacía muchos años que no había usado ese tono con el niño. Por un instante, mientras su hijo se volvía hacia él y los ojos descoloridos le observaban, pensó en contarle la historia del filete y la lechuga, aunque dudaba si ya se la habría contado alguna vez, de ser así no tendría sentido contarla de nuevo por que ya habría perdido toda validez. Estaba falto de ideas nuevas. ¿Por qué no usar un truco de los viejos? Sacó su teléfono del bolsillo. Marisa.

— Es tu madre —le mostró el teléfono, como si el niño pudiera verlo— Te dije que estaba preocupada. ¿Te lo dije o no te lo dije?

— Hola cariño —dijo Roberto al colocarse el teléfono en la oreja. Julito comenzó a andar despacio hacia él. Roberto se extrañó. Casi podría decir con toda seguridad de que era la primera vez, desde el accidente, que su hijo se dirigía directamente hacia él. Hasta ese momento el “juego” siempre había sido Roberto siguiéndole a él por toda la ciudad hasta que, agotado el niño y la noche, el pequeño cedía. Pero esta vez el niño estaba caminando hacia él. Por su propio pie.

— Julio está caminando hacia mí —le dijo a su mujer, nervioso— Está a apenas diez pasos y sigue viniendo. ¿Que hago? ¿Marisa, qué hago?

 

Marisa se tomó muy bien lo del autismo de su hijo. Se puso la capa, el parche de súper mamá en el pecho y salió volando a recoger toda la información, ayuda y recursos habidos y por haber, asegurándose de que a su hijo, fuera lo que fuese que tuviera en la cabeza, no iba ser menos que nadie. Roberto, en cambio, se encerró en su desconcierto. Las capas de dolor, desinformación, culpabilidad e inseguridad, le hicieron desprenderse del proyecto. Quizás por eso el día del accidente bajó la guardia. Igual esos tres segundos de más que tardó en reaccionar fueron consecuencia directa de aquella certeza que le autoproclamada el peor padre del mundo. Tres segundos y hubiera podido pararle.

 

— Te he dicho que no quiero que me llames más —la voz de Marisa sonaba cansada, igual a esas horas estaría durmiendo, claro— Roberto… Tengo una nueva familia ahora y no puedo dejar que…

— El niño me ha oído gritar y está caminando hacia mí —replicó sin haber escuchado una palabra de lo que Marisa le había dicho— Está en frente de mi y no se qué hacer.

— ¿Qué hora es? —le dijo ella sin cambiar el tono cansado de su voz— ¿Estás en la calle?

El niño levantó la mano. Si ya fue extraño que se acercara hasta él, más extraño todavía era que, como parecía, le estuviera pidiendo el teléfono.

— ¿Ma… Marisa? —Roberto, despacio, comenzó a acercar el teléfono a su hijo— Creo que… me parece que Julio quiere hablar contigo…

— ¿Que quiere hablar conmigo? —A Marisa se le quebró la voz, a punto estuvo de decirle a Roberto que Julito no hablaba, pero se dio cuenta de lo absurdo que era aquello— No…

 

Marisa llegó corriendo al hospital, literalmente. La oficina donde limpiaba por aquel entonces, estaba a dos manzanas de distancia. Los niños disfrazados de monstruos y zombis, recorrían las calles, ajenos a la desesperación de aquella mujer que parecía huir de ellos. La llamada que recibió fue breve y le sorprendió que no fuera su marido quien la hiciera, sino la policía. A su hijo le había atropellado un autobús. Cruzó la calle sin mirar, envuelto en una sábana blanca con los ojos pintados con betún de zapatos. Estaba vivo, grave, pero vivo. Roberto había desaparecido. Nadie conseguía dar con él.

El niño salió del hospital con un fuerte traumatismo craneal y habiéndose cortado la lengua con sus propios dientes, debido al impacto contra el autobús. Nunca más volvería a hablar. Roberto tardaría en volver.

 

— Dile algo, por favor —suplicó Roberto mientras acercaba el teléfono a la oreja cubierta por la sábana— Te está escuchando.

Al otro lado de la línea, Marisa se tapaba la boca para no despertar a su marido que dormía junto a ella en la cama, tratando de que el llanto no saliera de su boca. Hacía tiempo que había dejado de preguntarse por qué hacía aquello. Pero no por eso dejaba de ser extremadamente doloroso. Incluso con la orden de alejamiento, con el cambio de número de teléfono, de domicilio, Roberto siempre daba con ella, y siempre en Halloween, el día del accidente.

El niño esperó, inquieto, pero el teléfono no emitía ningún sonido. Marisa, consciente de que solo había una manera de terminar con todo aquello, cedió una vez más. Se destapó la boca y con un apenas perceptible hilo de voz, pronunció su nombre.

— ¿Julito?

Y el niño, al oír la voz de su madre, dejó caer el teléfono. Comenzó a gritar y a sacudirse la cabeza con sus propias manos. Marisa quiso colgar, pero aquellos gritos eran demasiado dolorosos como para obviarlos.

—Estoy muy cansada de esto Roberto— le dijo ella mientras observaba como su marido cambiaba de postura en la cama y hacía lo posible por dejar de escuchar los gritos provenientes del otro lado del teléfono— No puedo más… Y todos los años te digo lo mismo, nadie te culpa de ello. Por favor…

Su marido despertó y le agarró el teléfono de las manos.

— ¡Maldito lunático! —gritó al darse cuenta de lo ocurrido y tiró el teléfono contra la pared— Esto ya ha llegado demasiado lejos. Mañana vamos a la policía. Llevamos nueve años así y esto tiene que parar.

— Estoy bien —mintió Marisa. En el fondo sentía lástima por su ex-marido. Sabía que el sentimiento de culpa le devoraba por dentro— Vamos a dormir.

— Ha vuelto a imitar la voz del niño, ¿verdad? —la ira le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica— Puto lunático…

El pequeño Julito dejó de gritar y su cuerpo de niño desapareció de debajo de la sábana blanca descolorida que, vacía y arrugada, cayó al suelo. Roberto lo observó entre lágrimas. Se agachó a coger el teléfono.

— ¿Sigues ahí? —preguntó con miedo— Ya se ha ido, por fin… ¿Marisa?

 

Julito no se recuperó de las heridas del atropello. Murió a los dos meses del accidente. Roberto llamó a la puerta de Marisa casi un año después, al día siguiente de la noche de Halloween, alegando que Julito, el hijo de ambos, había ido a buscarle la noche anterior para ir juntos al “truco o trato” y que justo antes del amanecer, había desaparecido de nuevo. Marisa le pidió que buscara ayuda, que lo que le estaba pasando era normal después de una experiencia traumática de ese tipo y podía recuperarse, con tiempo y con ayuda psiquiátrica. Su nuevo marido, comprensivo, le hizo un descuento de amigo para unas sesiones en su clínica.

 

Roberto se guardó el teléfono en el bolsillo, recogió la sábana del suelo, la dobló cuidadosamente y empezó a andar calle abajo, de vuelta a casa. Ya solo quedaban trescientos sesenta y cuatro días para volver a verle.

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